domingo, 18 de febrero de 2018

Leonardo, tal vez Da Vinci


El mundo. ¿Qué es el mundo? —Se preguntaba un joven Leonardo mientras, atrapado entre la negrura de la noche, rastreaba desde su ventana la previsible trayectoria de una estrella fugaz. El mundo es sólo nuestro —se respondía— Único. Irrepetible. Irremediable. Irredimible. El mundo es sólo nuestro porque no hay dos mundos iguales como tampoco hay dos personas idénticas para interpretarlo. La tierra es un gran ser vivo y nosotros no somos nada más que una parte ínfima de su colosal cuerpo. Tal vez, quién dice que no, el mundo sea como una gran cebolla cuyas capas están formadas por miles de millones de vidas en paralelo. Tan distintas y tan iguales. Mágicamente, todo gira bajo el magnético influjo por el cual nos mantenemos tan unidos como separados. Tan independientes, en apariencia, y tan dependientes, en consecuencia. 
Y mientras divagaba sobre lo terrenal y lo espiritual, entre sus ojos y la estrella fugaz se cruzó el vuelo de una lechuza. La sigilosa y nívea rapaz, desde lo alto de un campanario, se abalanzó, voraz, ante el zigzagueante movimiento de un diminuto ratón. El hombre volará; la naturaleza tiene todas las respuestas —se dijo, Leonardo— mientras observaba meticulosamente cada movimiento de sus alas. 
Dicho lo cual, el pintor cerró la ventana de aquel palacio que le acogía y se dispuso a entregarse al disfrute de un sueño reparador. Si es que acaso un cerebro tan prodigioso como el suyo se lo permitía.

viernes, 16 de febrero de 2018

Muerte en New York


En aquella ocasión, Willy se encontraba agazapado tras unos contenedores de basura, cuando se abalanzó sorpresivamente sobre un imponente Cadillac que enfilaba con decisión la Sexta Avenida. Ese intento, para su desgracia, fue tan infructuoso como todos los anteriores. La aceleración de aquel Cadillac del 88, y los reflejos de su diestro conductor, superaron con creces a sus ansias por acabar definitivamente con todo. Tras su enésimo fracaso, de manera incansable, Willy lo volvería a intentar. Su padre murió atropellado por un Seat 600 al ir a tirar la basura, por lo que, desde bien niño, siempre tuvo que vivir soportando la guasa de los demás. Tras el accidente, su madre enloqueció, y a él no le quedó más remedio que crecer entre la soledad y la desdicha. Hasta que tuvo la edad y se marchó a New York.
Tal vez por eso, o quién sabe si por alguna otra cuestión inconfesable, Willy —en su pueblo conocido como Guillermo el del 600—, estaba harto de la gente. Pese a lo que él pensaba, su huida a la ciudad de los rascacielos no le sirvió absolutamente de nada. La vida ya le sobraba, le era ajena; tan sólo anhelaba el momento de sentir el rugido de un buen motor sobre su cuerpo cercenado, y, como su padre, expirar tragando una última bocana de humo con sabor a plomo. Paradójicamente, para Willy, su muerte se había convertido en la gran ilusión de su vida. Anhelaba, desde hacía algún tiempo, con morir en New York, y no en Tomelloso, como su progenitor. Tenía la firme determinación de acabar con sus días en la capital del neoliberalismo, debajo de un buen coche, y ante la atónita mirada de cientos de espectadores, ajenos a la terrible performance que Willy soñaba con regalarles.
Al día siguiente, favorecido por la voluminosa carrocería de un reluciente Pontiac color butano, para su descanso, lo consiguió.


domingo, 11 de febrero de 2018

Más corto, por favor

                         


Hace unos días, un amigo que prefiere mantenerse en el anonimato, me confesó que cuando escribo relatos demasiado largos no los lee. La lectura, para mí, es cosa de centímetros. Soy de los que sólo leo los titulares y con eso me sobra y me basta para hacerme a la idea del resto del contenido -me explicó.
-¿Y, entonces, nunca lees un libro? -le pregunté.
-Sí, claro que sí. Lo que ocurre es que los leo del mismo que leo las noticias -me aclaró.
-O sea, vamos a ver: ¿compras un libro, lees la portada y ya está? -le planteé.
-Sí, sí, así es. Lo compro, leo el título, veo quién lo ha escrito, lo dejo en el recibidor de casa para que todo el mundo que llegue vea que soy un tipo muy instruido, y sanseacabó.
-¿Y con eso te haces a la idea de lo qué va un libro? -le cuestioné.
-Claro. Por ponerte un ejemplo. Yo nunca leí El Quijote, pero sé que el libro iba de un tipo loco, seco como el trigo, que tenía un escudero gordo a más no poder, y que tenía un amor platónico que se llamaba Dulcinea del Toboso. El tipo era miope y confundía los molinos de viento con gigantes y se pasaba la vida metiéndose en líos. 
-Es la sinopsis más descabellada que he escuchado sobre El Quijote...
-Pues tiene su mérito ¿no crees?
-Sin duda alguna.
-¿Quieres que te resuma algún libro más?
-De acuerdo, dime: ¿de qué iba 50 Sombras de Grey?
-Ese es muy fácil. Ese iba de follisqueo...Un tipo guapo, más rico que Onassis, al que le iba más el sado que a los pavos la mierda. 
-Pues esa sinopsis tan poco te ha quedado tan mal. A ver, dime alguna otra...
-Por ejemplo...el último que he comprado es un libro que lleva por título "Haciendo cola para Soñar", de un tal José Fernández Belmonte, y que se dedica a escribir en los aviones durante los viajes que hace por el mundo para vender champús.
-Sí, he oído algo sobre ese libro. ¿Y de qué va?
-No lo sé, aún lo tengo en la mesita del recibidor...
-Pues entonces háblame de otro.
-¿Tiene que ser de un libro o te vale un cuadro?
-Estamos hablando de libros.
-Es que los libros me aburren. Creo que los aborrecí de tanta sopa de letras que me daba mi abuela de pequeño.
-¿Y los cuadros no?
-Los cuadros no, porque yo los interpreto como a mí me da la gana.
-¡Pero si con los libros haces lo mismo!
-Si, pero el título ya te lo condiciona todo.
-La mayoría de los cuadros también tienen un título -le expliqué a mi anónimo amigo.
-Sí, es cierto, pero tú ya sabes que yo no soy mucho de leer. Lo mio siempre ha ido más por el mundo audiovisual.
-¿Las pelis y eso?
-Sí, aunque ahora soy más de series... si no ves series en Netflix no eres nadie en el gimnasio.
-¿También vas al gimnasio?
-Desde luego, Pepe, qué anticuado que te estás quedando. Tú sigue perdiendo el tiempo nadando a contracorriente que vas listo...

miércoles, 7 de febrero de 2018

El dentista sádico


Me tocó la habitación Panda. El cuarto era enorme y estaba repleto de materiales reciclados. Sobre el cabecero de la cama lucía una preciosa fotografía, en vinilo, de un bosque de cañas de bambú. Del techo pendían tambores de viejas lavadoras, a modo de lámparas, comparables a cualquier instalación de la artista italiana Marisa Merz, o de la austriaca Eva Lotz. La cama estaba formada por cuatro palets sobre ruedas de carritos de supermercado. Las puertas, tanto la que daba acceso al baño como la propia de la habitación, eran puertas de viejos ascensores con más subidas y bajadas que la bolsa de New York. Pero, sobre todo, lo que más atrapó mi atención, entre todo ese tributo a lo vintage, fue una vieja máquina de escribir alemana marca Adler, de color naranja, que se exhibía sobre una vieja mesa de taller que hacía las veces de cómoda bajo un espejo que parecía sacado de un cuento de hadas. 
Entre el carro de esa vieja máquina, que bien podría ser un modelo de las llamadas portátiles, alguien había dejado, quién sabe si por olvido, un billete de veinte zlotys.
El Loft Hotel Sen Pszczoly de Varsovia es uno de esos hoteles boutique creados para sorprender al huésped durante toda su estancia. Una de las cosas que más me gusta de este singular establecimiento es su planteamiento a la hora de ofrecer los desayunos: una señora jubilada, a modo de abuela, te prepara un desayuno personalizado. Estas señoras, con ese trabajo puntual, incrementan notablemente su exigua pensión, y, sobre todo, tienen un aliciente diario que las mantiene activas y motivadas. Gustan de charlar con los huéspedes, interesarse por su procedencia, por su actividad, por sus gustos; en definitiva, humanizan la estancia hasta convertirla en una experiencia inolvidable.
Aunque lo que pretendía relatarles no era esto, lo que quería contarles fue lo que me sucedió esa noche. Aquella noche, ahora lo sé, nunca tendría que haber cogido ese billete de veinte zlotys y haberlo metido en mi cartera....
No les he contado que, llegando al hotel, se había desatado un ligera ventisca acompañada de lluvia. La temperatura también había bajado vertiginosamente por lo que, en cualquier momento, esa fina lluvia podía convertirse en nieve, cosa, por otro lado, bastante habitual en la capital polaca; como así sucedió.
Mientras me acomodaba, revisé una foto que había tomado junto a la recepción y que daba acceso a una habitación que se llamaba "El dentista sádico". Me regocijé por haber elegido la del "Oso panda". Bajo la almohada, para mi sorpresa, encontré otro billete de veinte Zlotys en el preciso instante en el que un golpe de viento abrió de par en par la ventana de la habitación y el billete salió volando de mis manos hasta encajarse dentro de uno de los tambores de lavadora que, a modo de lámpara, pendía del techo.
Raudo, en calzoncillos, me lancé a cerrar la ventana, cosa que logré tras varios intentos y con bastante dificultad. Tras tan extraño incidente, metí la mano en el tambor en el que se había posado el billete y, para mi asombro, encontré una dentadura postiza. 
Llegados a este punto del relato, me veo en la obligación de puntualizar que en las más de dos décadas que llevo viajando por el mundo para vender champús, nunca me había acontecido nada parecido, y de paso les aclararé que no soy amigo de los estupefacientes...
Continuando con el relato, les diré que dejé la dentadura sobre la mesilla, no sin antes haber guardado, a buen recaudo, el segundo billete en la cartera, y me dispuse a dormir entre un edredón de plumas de oca la mar de calentito. 
Las ráfagas de viento, que golpeaban continuamente en las ventanas, no favorecían la operación. Entre vuelta y vuelta, sentí como se abría la puerta del baño y, de repente, toda la habitación quedó inundada por un estremecedor resplandor. Entre aquella luz cegadora me pareció ver una figura humana; una figura que se acercaba sigilosamente a mí con siniestras pretensiones.
Me sentí bloqueado. Quería gritar pero de mi boca no salía sonido alguno. Quería dar un salto y salir de la cama corriendo como un velocista olímpico jamaicano, pero, de ipso facto, me di cuenta de que ni era jamaicano, ni velocista olímpico, ni tampoco mis piernas conseguían articular movimiento alguno que me brindase la mínima posibilidad de escapar.
Y así, de ese modo tan atroz, aquella sombra de forma humana, me agarró la cara, abrió mi boca como quién abre un buzón de correos, y comenzó a sacarme los dientes uno a uno. Por descontado, yo intentaba gritar, oponer resistencia, empujar a aquel espectro de forma humana que me estaba dejando mellado y sin opción alguna de volver a comer turrón del duro durante el resto de mis días.
-¿Dónde está mi dinero, turista de mierda? -me dijo aquel sádico con notorias inclinaciones por lo maxilofacial.
Curiosamente, cuando aquel despiadado dentista de las sombras me habló, yo alcancé a responderle.
-¿No soy un turista, buen hombre, soy un triste vendedor de champús? -le dije para mi descargo.
-Pues no debes vender una mierda cuando vienes a Polonia a quedarte con mi dinero -exclamó sacándome un molar, que de grande que era confundí con el de un caballo.
-Le prometo que le devolveré sus cuarenta zlotys. No sabía que eran suyos; pensé que alguien los habría dejado olvidados... -le dije mostrando  todo el arrepentimiento que era capaz de demostrar a alguien que, sin piedad, te está arrancando todos los dientes de cuajo.
-No. No hace falta que me los devuelva, al contrario, ahora le pasaré la factura de su visita -dijo arrancando con fuerza la última de mis muelas-. Tras lo cual, agarró la dentadura postiza, me la metió en la boca y exclamó -ya está, le ha quedado genial. Son cinco mil zlotys, caballero -reclamó.
-¿Cinco mil qué? -exclamé asustado por el montante de la operación.
-Acepto tarjetas de crédito, Visa, Mastercard... -dijo aquella cosa con aspiraciones sanitarias, que, de cerca, me recordó a un novio protésico dental que tuvo mi hermana.
-Me podría descontar al menos la anestesia, no le parece -le solicité al dentista más bruto del norte de Europa. 
Y en eso andaba cuando sonó el despertador. Ante el primer timbrazo, di un salto de la cama, fui a mirarme la cara en aquel espejo de cuento, y para mi regocijo vi que todos mis dientes estaban en su sitio. Bajo el espejo, sobre esa vieja mesa de taller en la que se exhibía la vieja máquina de escribir Adler, estaba mi cartera abierta. Daba la impresión de que la habían manipulado y pensé en lo peor. Pero, tras una breve revisión, pude comprobar que todo estaba en su sitio: mi documento de identidad, mis tarjetas de crédito, las tarjetas de fidelidad de cincuenta establecimientos que nunca frecuento, un billete, bien dobladito, de cincuenta euros. Estaba todo allí, excepto las dos billetes de veinte zlotys...
Y qué quieren que les diga, se me quedó una cara de tonto que, hasta el momento de relatarles todo esto, aún conservo y dudo mucho de que se me quite por algún tiempo.

martes, 30 de enero de 2018

Popeye


Mucha gente no entendía que yo durmiera embutido en un pijama de una sola pieza y con la cara de Popeye serigrafiada sobre la pechera. Bueno, también tenía otro igual con la cara de Olivia para cuando lavaba ese. De hecho, aunque no se lo crean, yo era plenamente consciente y conocedor de que todo el mundo me criticaba por ésta costumbre mía tan particular.
Mi otra realidad daba comienzo cuando me introducía en él y comenzaba a tirar de la cremallera. En ese momento, como a cámara lenta, sentía como se iniciaba ese inexplicable proceso a la altura de mis tobillos, y cómo éste se culminaba al llegar la cremallera a la altura de mi clavícula izquierda. Tras el cierre, sentir esa calidez en mi cuerpo me inundaba de paz.
Una vez ataviado con aquel pijama, más propio de un infante que de un cuarentón, se apoderaba de mí una sensación de auténtico bienestar. Me relajaba. Me olvidaba de todo. No sabía ni a qué me dedicaba ni cómo me llamaba. Era Popeye. Quedaba impregnado y definido en una especie de metamorfosis que conectaba mi lado adulto con el niño que habitaba en mi interior y que nunca había dejado de dominarme. Y como el famoso marino de los dibujos animados, me acomodaba en el sofá, encendía la pipa, y me disponía a visualizar, una y otra vez todos sus episodios en mi vieja televisión. 
A estás alturas del relato, y para una mejor compresión del mismo, debo confesar que mi esposa me abandonó. No sé si fue sólo por eso, pero ya qué más da... Alegó, para justificar se marcha, que yo sufría de enajenación mental, o demencia, o trastorno bipolar, o todo junto. Sin embargo, tras largarse, como una epifanía, sobrevino mi propia liberación. Yo nunca le dije a nadie que ella sufría un trastorno sexual y se acostaba con todo hijo de vecino, y con el padre del vecino, o hasta con el abuelo del vecino. Ni tampoco le conté a nadie su afición por robar en los grandes almacenes. Ni de sus problemas con la comida y la bebida. Ni de su odio visceral hacia los niños por lo que nunca tuvimos hijos. Pero todo eso es agua pasada. La cuestión es que se fue diciéndole a todo el mundo que el loco era yo. Y la gente la creyó. 
Tras su marcha, ambienté la casa como un viejo barco de vapor. En el techo, sobre la cama, mi amigo Teo dibujó a mi añorada Olivia. Un gran timón, repleto de bombillas, hacía las veces de lámpara suspendida sobre la vieja mesa de madera del salón. Cuadros de barcos y marinas, estrellas de mar disecadas, trozos de ánforas romanas, cartas náuticas de todas las épocas, redes traídas de distintos puertos que había visitado, y que siempre robaba a modo de souvenir, conformaron la nueva decoración de mi casa. 
Me tatué una ballena en el centro de la espalda, una estrella de los vientos sobre el lado izquierdo del pecho, y un ancla sobre mi antebrazo derecho. 
En el trabajo, el jefe me advirtió de que mi obsesión se estaba convirtiendo en un problema, ya que todo el mundo me daba la espalda y se reía de mí. Me expuso que llamaba demasiado la atención, que generaba controversia, rechazo, enfrentamientos entre mis compañeros y que: o volvía a la normalidad, o tendría que poner mi caso en conocimiento de la inspección de trabajo.
—Recapacita, Martínez. No eres Popeye, eres Manuel Martínez Sánchez, administrativo de profesión, separado, tienes cuarenta y cinco años, y estás a punto de quedarte sin empleo. Y ya sabes cómo está el mercado laboral… ¡Reacciona, Popeye! Digo, Martínez…—me exigió mi jefe, haciendo gala de una incompresible comprensión.
Lo que mi jefe no sabía, ni mis execrables compañeros, ni mi amigo Teo, el dibujante de cómic, ni Salva, mi tatuador, ni mi ex esposa, ni nadie, era que ese tal Manuel Martínez Sánchez, más conocido por todos como Popeye, tenía, a punto de zarpar, su primera travesía en solitario por esos mares de Dios. 
Hacía meses que tenía todo bien planificado. Elegido el barco. Establecido el modus operandi. Se acercaba, por tanto, el primer día de mi tan anhelada nueva vida. 
Había clonado las tarjetas de identificación de una empresa de mantenimiento del puerto de Cartagena, a la que prestábamos servicio. Me había hecho con una de sus furgonetas, en la que ya había metido todo lo que precisaba para tan singular y definitiva travesía. 
Lo tenía todo listo, todo estudiado al mílimetro, estaba plenamente convencido de que nada podía fallar. Hasta veinte cajas de botes de espinacas. Otras veinte de tabaco picado para la pipa. Tres mudas completas de traje reglamentario de marinero de la Marina Española. Cincuenta rollos de papel higiénico del Elefante. Un teléfono satelital. Una pistola de bengalas con muchas bengalas. Un botiquín completo de primeros auxilios y otro para auxilios más severos. Mi inseparable colección de tebeos. Y, escondida entre ellos, una revista Interviú con el pletórico desnudo de Marujita Díaz.
El día de autos, a los dos de la madrugada, conseguí entrar al puerto con la furgoneta hasta el mismo punto de amarre. Las llaves del yate que había duplicado funcionaron a la perfección. Trasladar toda la carga desde la furgoneta hasta la bodega de aquel magnífico barco de recreo me llevó más tiempo del previsto.
En el preciso momento en el que retiraba la pasarela fue cuando vi un intercambio de luces que llamaron mi atención. Raudo, levé el ancla, solté las amarraras, arranqué el motor e inicié la marcha lentamente hacia la bocana del puerto, para no generar más sospechas de las que intuía ya había generado mi anómala presencia a hora tan intempestiva. 
Durante esos metros, me sentí libre. No sé cuánto tiempo duró aquella libertad, pero lo suficiente como para encender la pipa, sentir como la brisa del mar acariciaba mi rostro, como nunca antes en mi vida había sentido, y, sobre todo, me reconocí como dueño de mi propio destino. Destino que había perdido hacía mucho tiempo a manos de mi ex esposa, a manos de los bancos, a manos de un gobierno corrupto que me daba asco. Mi libertad de ficción por fin había dado paso a una libertad real y absoluta. Y allí estaba yo, dispuesto a todo para alcanzar el protagonismo de mi propia historia. Para ser definitivamente quien, desde hacía tanto tiempo, había querido ser: Popeye el marino. 
Hice sonar varias veces la sirena del yate al atravesar la bocana del puerto. Quería proclamar a los cuatro vientos la culminación absoluta de mis aspiraciones. En aquella furgoneta, como si de una culebra se tratara, había dejado la piel de Manuel Martínez Sánchez, un tipo gris al que todo el mundo compadecía, y al timón de aquella nave surcaba los mares Popeye. ¡Soy Popeye¡ ¡Por fin soy Popeye! ¡Soy Popeye! ¡Soy Popeyeee! 
Y así gritaba, desgarrándome la garganta, cuando me abordó por estribor, sin que apenas me diera cuenta, un guardacostas de la Guardia Civil. 
Y ya para qué les voy a contar más…mejor me callo, ya que dicen que cualquier cosa que diga puede ser usada en mi contra. Esa es otra cosa de las leyes que nunca alcanzaré a entender.

domingo, 21 de enero de 2018

Por azar


Es caprichoso el azar -dice Joan Manuel Serrat en una de sus mágicas y míticas canciones. Tan caprichoso como decisivo. El azar es aquello en lo que menos pensamos pero que, en ocasiones, tanto nos marca la vida. El azar se caracteriza por su brillante transparencia. Es insípido como el agua, aunque, dependiendo del caso, su efecto sea más dulce que la miel o más amargo que los limones de mi tierra. 
El azar, siempre tan juguetón, habitualmente se presenta sin avisar. Es caprichoso, malévolo, salvador, justiciero, y puede venir disfrazado de lo que le de la real gana.
En cierta ocasión, mi padre me contó que una noche, mientras conducía, debió pegar una cabezada que hizo que su vehículo se saliera de la calzada. La cuestión es que su coche quedó medio suspendido de un barranco. De ese peligroso microsueño, dice que recuerda perfectamente como el Apóstol Santiago se le apareció en su caballo blanco y lo despertó justo en el preciso momento en el que pegó un frenazo y un volantazo, motivo por el cual no emuló al vuelo de Ícaro dentro de su Citroën CX Palas color café, del que se sentía tan orgulloso por haber pagado al contado, y por eso se salvó.
Dice un proverbio chino -lo bueno de los chinos, aparte de que son muchos, es que siempre tienen un proverbio para todo- que el momento elegido por el azar siempre vale más que el que elegimos por nosotros mismos.
El azar nos trae a este mundo o nos deja inertes dentro de un condón. El azar nos regala el gordo de la lotería o nos tira por la escalera para que nos rompamos las costillas. El azar hace que nuestro currículum sea el elegido o que acabe, convertido en confeti, en la bolsa de una trituradora de papel. El azar provoca flechazos de amor eterno o flechazos en el costado que nos dejan malheridos. El azar es un enigma tan hermoso y misterioso como el origen de la propia vida.
El azar me obliga a escribir sin saber para qué. El azar todo lo puede. El azar no es lo mismo que un Zar, ni que el azahar, ni mucho menos que un azor. El Azor era el yate del Generalísimo Franco, y una cerveza tipo pilsen que se fabricaba en los tiempos en los que a mi padre, por azuzar el azar, le dio por irse a la cama con mi madre para que yo, a día de hoy, les pueda estar escribiendo todas estas tonterías. Tonterías que ustedes leen, probablemente, por puro azar.

https://www.bubok.es/libro/amp/254388/HACIENDO-COLA-PARA-SONAR

viernes, 19 de enero de 2018

Armando y el Sabio Rozem


-Sabio Rozem, sabio Rozem: ¿Qué puedo esperar de esta vida? -Preguntó Armando con los mocos colgando.
-Límpiese usted los mocos, por el amor de Dios....
-Discúlpeme, pero es que tengo un catarrazo de aupa -respondió Armando, limpiándose con un modesto pañuelo de papel. Por favor, sabio Rozem, usted que sabe más que nadie de este mundo y del otro: ¿Qué puedo esperar de esta vida?
-Espéreme. Necesito consultar con mi bolita mágica.
Tras cinco minutos en silencio, durante los que Armando se sonó los mocos lo menos quince veces, el sabio Rozem, levantó la cabeza, se acomodó el turbante de paño blanco que lucía sobre su cabeza, y que se le había escorado un poco hacia la izquierda, y exclamó:
-Caballero: de la vida usted puede esperar lo mejor y lo peor. Pero, para concretar, le puedo ofrecer un consejo que le puede ir muy bien a usted para el resto de sus días -le dijo mirándole fijamente a los ojos.
-Pues, aconséjeme, a eso he venido, y no de turismo -le requirió Armando.
-Podría hacerlo si usted tuviese la amabilidad de depositar la irrisoria cantidad de cincuenta euros en esa cajita que tiene usted ahí al lado.
-¿Cincuenta euros? -exclamó Armando, visiblemente sorprendido ante semejante requerimiento pecuniario.
-Por tratarse de usted, sí -le respondió el mago con la misma tranquilidad con la que se rascaba el cogote por debajo del turbante.
-¿Y si se tratara de otra persona, qué le cobraría? -preguntó Armando, no sin cierta curiosidad.
-Si se tratara de otra persona le cobraría otros cincuenta euros, pero no serían los mismos cincuenta euros, ni posiblemente estaríamos hablando de la misma consulta, ni de la misma respuesta. Sin embargo, sin entrar en ese tipo de disyuntivas, le puedo asegurar a usted que será un dinero muy bien invertido -le aclaró el sabio, mientras miraba descaradamente a la pantalla de su teléfono móvil tras haber recibido un mensaje de su prima Enriqueta, la famosa pitonisa de Pamplona.
Dicho esto, Armando, resignadamente, colocó el billete puesto en circulación por el tan criticado Banco de Europa en la mencionada caja, y miró al sabio con ansiedad a la espera de tan anhelado consejo.
-Paciencia. Todo lo que usted precisa para alcanzar el éxito en esta vida es paciencia -le respondió el mago Rozem atusándose el bigote.
-¿Paciencia, y ya está? -preguntó Armando con perplejidad.
-Paciencia y respirar mejor. A usted le falta paciencia y aire. Respira usted fatal. Y, aunque la ciencia en esto no entra ni sale, sin paciencia y respirando como usted respira, no llegará muy lejos.
-¿Sabe lo que le digo? Que creo que usted me está tomando el pelo. ¡Usted es un farsante y un sabio de mierda!¡Eso es lo que es usted! Y ya me está devolviendo los cincuenta euros...
-Creo que necesitará usted de mucha, pero que de mucha paciencia para que yo le devuelva ese dinero. Además, mi sobrino Darius, que está recién venido de Bulgaria, es contrario a las devoluciones, y menos en caliente...¿verdad que sí, Darius?
Y diciendo esto, entró en la habitación un búlgaro de casi dos metros de altura, con un pescuezo en el que cabían dos cabezas y dijo algo así: 
-¿Qué ser lo que a usted sucede? ¿Usted no entender a grandes filósofos, verdad? Usted no haber leído a Nietzsche, ni a Kant, ni a Bauman, usted ser un cateto que no habel leído nada en su vida. Eso es usted...
-Este cliente no sabe hacia adónde queda la puerta. ¿Lo puedes acompañar, Darius?
-Con gusto, maestro -exclamó el centro-europeo, mucho más proclive y aficionado a la halterofilia que a la filatelia.
Y diciendo esto, agarro de la pechera a Armando, al que, del susto, se le habían salido todos los mocos fuera, y lo puso de patitas en la calle.
Yo soy el profesor de Yoga de Armando, y les cuento todo esto para que vean las mil y una maneras de alcanzar el Nirvana. Armando, de unos meses a esta parte, es en lo único que piensa. Y no tiene prisa por nada. Asegura que, contra todo pronóstico, esos cincuenta euros que daba por malgastados fueron, en realidad, los que le cambiaron la vida.