lunes, 14 de agosto de 2017

Mi cangrejo Tomate


Les podrá parecer un tanto extraño, pero les contaré que en mi jardín vive un cangrejo rojo que tiene los ojos saltones. Y más extraño les parecerá cuando sepan que dicho cangrejo es de goma y que era el favorito de mi pequeña Ana María para jugar en la bañera. La gran mayoría de los adultos son de la opinión de que los juguetes no pueden adquirir ni transmitir sentimientos humanos y, aunque me tomen por loco, les diré que están en un gran error. Los que piensan de esa forma se ve que no han observado la experiencia tan prodigiosa que provocan los juguetes en el interior de los niños. No han disfrutado contemplando la gran complicidad que se genera entre ellos, llegándose a forjar lazos afectivos que perduran durante años.
Los juguetes son, por tanto, mucho más que objetos inanimados; tan sólo haría falta que les prestásemos un poco de atención y de cariño para que volviera a surgir la magia que percibíamos cuando eramos niños y de ese modo tuvieran también la oportunidad de embellecer y alegrar nuestra rutinaria vida de adultos. Sé, de buena tinta, que a los juguetes les apena mucho que los adultos nos hayamos alejado tanto de ellos.
Como les contaba, el cangrejo rojo de ojos saltones de mi hija Ana María vive ahora en la rocalla que hay tras el falso platanero que tengo en el jardín. Allí lo dejó mi hija y allí vive el crustáceo a las mil maravillas. Gusta de tomar el sol en la roca que más sobresale y juguetear con las tortugas con las que se siente identificado tal vez por tener también, en cierta medida, un armazón duro que las protege. De hecho, le encanta encaramarse a ellas y pasearse así por el jardín como un sultán sobre un elefante. Le he puesto de nombre Tomate, obviamente por su color, y cuando pronuncio su nombre acude raudo y veloz, eso sí andando de soslayo, como si de un perrito con pedigrí se tratara. Gusta, Tomate, de comer trocitos de pescado que devora como yo, antaño, me zampaba los gofres de chocolate en la feria de Septiembre. 
De esto mi hija no sabe nada, ni debe saberlo, ya que si se enterara de ipso facto me quitaría al cangrejo con el egoísmo dictatorial que caracteriza a los niños de su edad. 
Yo sé que estarán diciendo que no tengo edad para andar jugando con cangrejos de goma, pero es que a ver, si me descuido un poco, ya no voy teniendo edad para casi nada.


miércoles, 9 de agosto de 2017

La calor


Mientras en Cataluña deciden su ser o no ser shakespeariano y el cadáver de Venezuela se revuelve en su propia tumba, yo ando de vacaciones. 
Rajoy, entre exhibiciones atléticas y su siempre apretada agenda internacional, ha sufrido un ataque de lumbalgía. ¡Qué por nadie pase! Tras ponerse una faja, fue a ver al Rey y este, por el retraso, ya lo esperaba con un Dry Martini en la mano y un real plato de pulpo a la gallega para hacer patria. 
Neymar tomó las de Villadiego, o si prefieren que eche mano de otro dicho: puso pies en polvorosa. 
Shakira nos pone melosos con la cancioncita que le ha dedicado a su Piquetón y los calamares a la romana están por las nubes. Así va el verano, despacito, despacito.
Según parece, las playas están haciendo su propia campaña antiturismo y ya se han tragado a un montón de gente para asustar. El clima, sin embargo, va por los suyo: hoy hace calor y mañana también. Ahora, como dirían en Valencia, es el tiempo del caloret y de la horchata de chufa ¡la de toda la vida! y no la que nos quiere meter ahora el Starbucks qué sólo Dios sabe con qué estará hecha.
Cómo les decía, ahora lo suyo es el calor, el sol, el mar, las piscinas, los bikinis, los cuerpos perfectos, las lorzas, los chiringuitos, los vigilantes de la playa y de los niños llorones.
Por cierto, ayer lloraba tanto mi hija pequeña en la playa que de no haber sido mía hubiera salido corriendo al Cuartel de la Benemérita más próximo a poner una denuncia por maltrato. Y es que mi Ana...cómo se lo explicaría yo...¡Tiene más pulmones que cuerpo!
-Joven, ¿cómo es que puede llorar tan fuerte una niña tan pequeña? -me pregunta asombrada una señora con acento de Madrid.
-Señora no lo sé, pero si lo llego yo a saber antes le juro que la devuelvo -le digo poniendo la cara de un cura dando la extremaunción.
-Vaya padre que está usted hecho. ¿No le da vergüenza decir eso de su propia hija? -me recrimina, y no sin razón, la jubilada de Madrid. 
-Vergüenza es cagarse encima en la cola del supermercado, señora -le digo.
-¡Qué asco de juventud! ¡Está el mundo perdido! -dice la señora con cara de haber encontrado una mosca en el gazpacho.
-¿Qué juventud ni qué niño muerto, señora?  Aquí donde me ve tan lustroso ya voy para los cincuenta -le comento a la madrileña.
-Eso les pasa por tener los hijos tan mayores. Eso antes, con el Caudillo, no pasaba -me explica tan convencida la turista.
-Los hijos vienen cuando tienen que venir -le replico con cierta indignación. 
-Así está la juventud como está... -sigue insistiendo la mujer como un martillo pilón.
-¿Y según usted, cómo está la juventud? -le pregunto.
-Perdida, hijo, más que perdida que nunca -responde la señora consternada.
-Eso ya lo decía mi abuela hace cuarenta años -le confieso.
-Y la mía hace setenta -exclama la señora.
-Entonces...¿en qué quedamos? -le pregunto para atizar el fuego.
-No me haga usted mucho caso, joven, es que tengo ya muchos años sin ir a bailar, sabe usted. A mí siempre me ha vuelto loca lo del baile -me dice cambiando radicalmente de tema.
-¡Y qué voy yo a saber, señora, si he venido aquí a pasar unos días de veraneo. ¿Acaso cree que soy adivino? -le pregunto.
-Tiene usted una hija preciosa. La pena que sea usted tan mayor...-me dice, volviendo por las andadas.
-¿Y eso en cristiano, qué viene a decir?
-No me haga usted mucho caso, joven, le digo que ya chocheo bastante...
-Bueno señora, me marcho que la cría se me está achicharrando y le tengo que dar su potito.
-¡Qué cría más salada que tiene usted! Por cierto, buen hombre: ¿a qué se dedica? -me pregunta la señora sin venir a cuento.
-Pues mire, lo mio es vender champús, tintes para el pelo, cremas para la cara y cosas de esas...
-¡Qué bien! Y joven, por un casual: ¿no tendría usted por ahí algunas muestras para esta pobre anciana?
-Pero señora, por el amor de Dios, no ve usted que voy en bañador y cargado con esta pobre criatura que se me está abrasando viva...
-Pues anda con Dios, que tienes cara de tacaño y encima lo eres...Pobre niña, vaya padre que le ha caído.
Y la señora se largó dejándome con la última palabra en la boca y sudando a más no poder. Menuda calor...

martes, 1 de agosto de 2017

¡Estamos de vacaciones!


Les escribo en bermudas. Sólo uso esta pintoresca prenda tres semanas al año de tal manera de que alguna de las que tengo ya tiene más de veinte años y lucen como nuevas. En Melodía FM suena Another Day in Paradise, de Phil Collins. Sobre mi mesa, Clases de Chapín, de Eduardo Halfon, el primer libro que devoro estas vacaciones. Mi hija Ana María se mira los dedos de sus pies, recién pintados, como alguien que contemplara con asombro la octava maravilla del mundo. El mundo está repleto de pequeñas maravillas que la mayoría de las veces ignoramos. 
Como les decía, les escribo en bermudas y sin camiseta, porque han dado comienzo mis vacaciones. Estar de vacaciones es algo así como vivir por unos días en un espacio de ficción abstracto y anestésico. Las vacaciones, que se crearon para no hacer nada, se han convertido en un espacio comprimido en el que tenemos que hacer de todo. Las vacaciones son ahora, por tanto, más estresantes y vertiginosas que el propio trabajo. 
Las carreteras se inundan. Los aeropuertos se desbordan. En las playas no hay quién clave una sombrilla. Las tarjetas de crédito echan humo. Para tomarte una cerveza te tienes que encarar con los camareros. La gasolina, curiosamente, está más cara que el resto del año. La ensaladilla rusa rebosa de salmonela y la de marisco ya ni te cuento. Los mosquitos tigre, y los de toda la vida, a duras penas pueden volar de tanta sangre que nos chupan. Las medusas acechan agazapadas entre las algas para rozarnos el muslamen y enviarnos a la Cruz Roja, mientras que el sol abrasa sin piedad nuestras pieles lechosas y deshidratadas. 
Pese a todo, estamos de vacaciones. ¡Ya era hora, pijo!
De la depresión postvacacional ya les hablaré en septiembre...

sábado, 29 de julio de 2017

Tragisecuencia en diez segundos


8:45 de la mañana. Conduzco por la vieja carretera nacional que une Sevilla con Extremadura. El cielo luce azul, la tierra roja y las casas, dispersas por todos lados, blanco chillón. Los cultivos de cereal se alternan con manchas de un bosque relicto salpicado de encinas centenarias bajo cuyas sombras los cerdos, escarbando con sus hocicos, buscan las preciadas bellotas.
Dominan la carretera enormes camiones que unen España y Portugal trayendo y llevando un sinfín de mercancías.
Cronosecuencia:
1" -Frente a mí se aproxima una hilera enorme de camiones.
2" -Por el espejo retrovisor observo al camionero que me persigue hablando acaloradamente con el teléfono móvil pegado a la oreja.
3" -Un enorme pájaro aparece sobre el ángulo superior izquierdo de mi parabrisas.
4" -Reconozco al ave como un milano nervioso y zigzagueante que, de manera extraña, sobrevuela sobre mi trayectoria.
5" -Los tráileres me acosan, por delante y por detrás.
6" -Frente a mí, sobre el arcén, brillan las vísceras de un conejo recién atropellado.
7" -El gran milano y yo, con distintas intenciones, avanzamos hacia el conejo en lo que puede convertirse en una coincidencia de terribles consecuencias.
8" -El milano se lanza en barrena contra el conejo, o lo que es lo mismo, contra mi parabrisas, lo que me obliga a frenar bruscamente y dar un volantazo para evitar que la rapaz impacte contra la luna de mi coche. En esa décima de segundo tan delirante acude a mi mente la imagen de mi hija pequeña sonriéndome.
9" -El tráiler de atrás quema sus frenos y pita como si de un barco que llega a puerto se tratara. Los camiones que vienen de frente, dándose cuenta de la maniobra, consiguen ladearse sobre el arcén lo suficiente como para que la tragedia que se cernía sobre mí, quede tan sólo en un susto.
10" -Milagrosamente estoy vivo.


sábado, 22 de julio de 2017

El intruso


Abelardo siempre fue un chico distinto a todos los demás. En aquella época, eso de la psicología era cosa de ricos. Si uno era un poco raro, o si se consideraba que estaba loco, se convertía en una carga para las familias y en un problema para el pueblo. Entiéndanme, ahora suena inhumano, lo sé, pero por aquel entonces no teníamos ni para comer. Trabajábamos de sol a sol. Íbamos a la escuela hasta que cumplíamos los seis o siete años, y a los ocho o nueve nos ponían a trabajar en el campo o con los animales. Y Abelardo no valía para trabajar. O no quería. O qué sé yo. La cuestión es que, tras varias palizas que le soltó su padre, Abelardo desapareció una temporada hasta que lo descubrí viviendo escondido en el cementerio del pueblo. 
Debo aclarar que este que les escribe ejerció de sepulturero, más de tres décadas, en Santa Quiteria del Encinar. Cuando se habló en el pueblo de su desaparición, ni se me pasó por la cabeza que el chico se hubiera escondido entre los muertos de mi cementerio para huir de la contundencia del cinturón de su progenitor.
La mañana en la que lo descubrí él andaba en calzoncillos entre las tumbas. Saltaba de lápida en lápida, tras una mariposa, como si lo hiciera por un prado en los Alpes. Yo hice como que no le veía y me quedé escondido observándolo tras un ciprés. Evidentemente, no informé a nadie sobre su paradero. Aburrido de velar a los muertos, el hecho de acoger entre los muros de mi cementerio a un refugiado mental, me pareció una aventura necesaria. No quedaba mucho para mi jubilación y la presencia de aquel joven tan extraño podría hacer más llevadera la recta final de mi vida laboral. 
Me reafirmé en la idea de ignorarlo, pero tenía claro que tenía que facilitarle la estancia en el camposanto. Así que, a los pies de un San Antonio que había en el panteón de la familia Fontaneda, que era en el que él se cobijaba, yo le solía depositar comida y bebida que él devoraba con devoción mariana. 
Abelardo no sabía hablar. Nunca supo hablar o tal vez nunca quiso aprender. No habría pasado ni una semana desde su llegada, cuando lo descubrí limpiando unas tumbas. En principio pensé que limpiaba de manera indiscriminada, sin seguir ningún criterio ni ninguna lógica. Yo pensaba que el cerebro desvirtuado de Abelardo no era capaz de establecer pautas de comportamiento razonables, más allá de las innatas que usaba para sobrevivir, pero me equivoqué. Cuando se volvió a encerrar en el panteón de la familia Fontaneda, me fijé en las tumbas que había limpiado y, cuál fue mi sorpresa, las tumbas que había limpiado eran todas de niños; infantes como él a los que la vida les había jugado una mala pasada. Ese descubrimiento me llenó de ternura hacia Abelardo, una ternura que, tal vez, en cierto modo, ya sentía hacia él desde el mismo momento de su llegada.
A la mañana siguiente, durante el rato que salí al mercado semanal para realizar mis compras, varios miembros de la familia Fontaneda, llegados desde Madrid, se acercaron hasta su panteón y pusieron el grito en el cielo al encontrarse en su interior al joven Abelardo, en calzoncillos, comiéndose el bocadillo de chorizo que yo tan cariñosamente le había preparado.
Por desgracia para él, y para mí, ese fue el último bocadillo que le preparé. La Guardia Civil, acudiendo a la llamada de la familia, detuvo al joven profanador, tras lo cual fue llevado a su casa y el padre le arreó la paliza más grande de su vida, antes de enviarlo a un manicomio. 
Yo sé que Abelardo no estaba loco, tan sólo era un chico muy especial.
Y qué más les podría contar... pero así fue como, pese a mi edad, me aficioné a esto de la psicología.

lunes, 17 de julio de 2017

El escarabajo esmeralda


Ayer recibí otra visita inesperada. Mi jardín es como unas Naciones Unidas de la naturaleza y, tal vez por ello, me acuden refugiados de todos los géneros y todas las especies. Yo no les pido pasaporte, ni visado, ni tarjetas de crédito, ni tan siquiera les pregunto cuánto efectivo traen, tan sólo les brindo mi hospitalidad y mi cobijo como todo ser vivo que venga en son de paz se merece. 
A este escarabajo esmeralda lo descubrí de pura casualidad. Él deambulaba sigiloso y esquivo, como sabiendo del peligro que corren los insectos ante la incomprensión de ciertos humanos que ante la presencia de cualquier insecto, animal o cosa, ponen el grito en el cielo y el escobazo en el suelo.
Lo agarré. Le pedí permiso para tomarle una fotografía. Lo entreviste para conocer de las razones de su viaje. Le regalé una suculenta hoja de lechuga, y, tras ese improvisado protocolo de acogida, le dí rienda suelta para que campara a sus anchas en mi jardín.
El escarabajo esmeralda, sin pretenderlo, me trajo mucho recuerdos. Me recordó unas esmeraldas, posiblemente falsas, que compré en el barrio de los esmeralderos de Bogotá. Me recordó a los colores de los colibríes que me vienen a buscar cada vez que aterrizo en México. Me recordó el tapiz verde esperanza de las praderas de Bosnia. Me recordó a los faraones del antiguo Egipto. 
Y mientras todos esos recuerdos acudían a mi mente, el escarabajo esmeralda retomó su camino sin tan siquiera despedirse.
A veces sobran las despedidas. Buen viaje amigo.

sábado, 15 de julio de 2017

El higo llorón


-Duende Sabio, Duende Sabio!
-Dime, Pepito Grillo.
-¿Por qué lloran los higos?
-Porque tienen sólo un ojo, jovenzuelo.
-¡Qué sabio eres, Duende Sabio!
-Sé más por Duende que por sabio...