lunes, 17 de julio de 2017

El escarabajo esmeralda


Ayer recibí otra visita inesperada. Mi jardín es como unas Naciones Unidas de la naturaleza y, tal vez por ello, me acuden refugiados de todos los géneros y todas las especies. Yo no les pido pasaporte, ni visado, ni tarjetas de crédito, ni tan siquiera les pregunto cuánto efectivo traen, tan sólo les brindo mi hospitalidad y mi cobijo como todo ser vivo que venga en son de paz se merece. 
A este escarabajo esmeralda lo descubrí de pura casualidad. Él deambulaba sigiloso y esquivo, como sabiendo del peligro que corren los insectos ante la incomprensión de ciertos humanos que ante la presencia de cualquier insecto, animal o cosa, ponen el grito en el cielo y el escobazo en el suelo.
Lo agarré. Le pedí permiso para tomarle una fotografía. Lo entreviste para conocer de las razones de su viaje. Le regalé una suculenta hoja de lechuga, y, tras ese improvisado protocolo de acogida, le dí rienda suelta para que campara a sus anchas en mi jardín.
El escarabajo esmeralda, sin pretenderlo, me trajo mucho recuerdos. Me recordó unas esmeraldas, posiblemente falsas, que compré en el barrio de los esmeralderos de Bogotá. Me recordó a los colores de los colibríes que me vienen a buscar cada vez que aterrizo en México. Me recordó el tapiz verde esperanza de las praderas de Bosnia. Me recordó a los faraones del antiguo Egipto. 
Y mientras todos esos recuerdos acudían a mi mente, el escarabajo esmeralda retomó su camino sin tan siquiera despedirse.
A veces sobran las despedidas. Buen viaje amigo.

sábado, 15 de julio de 2017

El higo llorón


-Duende Sabio, Duende Sabio!
-Dime, Pepito Grillo.
-¿Por qué lloran los higos?
-Porque tienen sólo un ojo, jovenzuelo.
-¡Qué sabio eres, Duende Sabio!
-Sé más por Duende que por sabio...

miércoles, 12 de julio de 2017

Bikiniarz


El cuarto, en esta ocasión, es el 022. Está en la planta baja. Releo durante este viaje "Elocuencias de un tartamudo", de Eduardo Halfon. Se me olvidaba contar que estoy en Düsseldorf, Alemania, que hace veintidós grados centígrados y llovizna ligeramente pese a que estamos a once de julio. La habitación es amplia, adaptada para huéspedes con algún tipo de discapacidad física. El chico de recepción, un español de los que, según nuestro amado gobierno, trabaja aquí para conocer mundo, me dice que me la ha asignado por ser el único español que entraba hoy y no contar con ninguna solicitud específica para este tipo de alojamiento. 
-Es más grande y más confortable que las otras. Espero que la disfrutes -me ha dicho con cierta nostalgia en su mirada. 
-¿Viniste aquí a conocer mundo, no es así? - le pregunto.
-A conocer mundo iba a mandar yo a más de cuatro -me responde el recepcionista. 
-¿No estás a gusto en Alemania? 
-Uno está a gusto en su casa, en su pueblo, en su barrio, en su mundo…Esto es otra cosa. Estoy deseando volver, pero…¿para qué?
-Pues eso digo yo: ¿Para qué?
Ya en la habitación, y antes de refugiarme nuevamente en la lectura, vuelvo a observar la camiseta que me ha traído Artur de regalo. Es amarilla, de la talla XL, lo que supone un avance. Artur ya no me considera XXL. La camiseta en cuestión tiene un toque retro, nostálgico podríamos decir. Tampoco he explicado, a estas alturas del relato, que Artur es mi traductor. Para más señas, un polaco políglota pero que bien podría ser oriundo de la mismísima Torre de Babel por la cantidad de idiomas que domina. Y lo hace tan hábilmente que me recuerda a un lanzador de cuchillos; él lanza siempre las palabras adecuadas para que den en la diana y los clientes me entiendan como si habláramos el mismo idioma.
-La camiseta que te he conseguido rememora a la rebeldía silente que se hacía en mi país frente al comunismo en los años cincuenta -me ha explicado, Artur. Los jóvenes se juntaban para escuchar música prohibida y fumarse todo aquello que echara humo. Las chicas de ese soterrado movimiento de resistencia pasiva, en verano, iban todo el día en bikini, por lo que el colectivo en sí quedó bautizado con el nombre de “Bikiniarze” aunque a ellas, según me cuenta, las llamaban “Kociaki” que significa gatitas.
Encuentro en las mujeres de la subcultura “Bikiniarze” cierta semejanza con el actual Femen, pero las Femen con menos tela, eso sí. Eran otros tiempos. Aunque, a pesar de ello, no me imagino a ningún valiente llamando a una activista de Femen "gatita".
La rebeldía, el inconformismo, la protesta, la reivindicación, han hecho del mundo lo que es hoy. 
Aunque muchos de ustedes, mis osados y escasos lectores, podrán pensar: ¡Pues vaya mierda!
Y no les faltaría razón. Y si no que le pregunten al recepcionista.
Una de dos: o protestamos poco, o no nos toman en serio.

viernes, 7 de julio de 2017

Siete de Julio Iglesias: ¡San Fermín!


Ahora lo entiendo todo. Me encontraba desmotivado, con falta de inspiración, sin ganas de lavarme siquiera la cara, hasta que se ha hecho público que Julio Iglesias tiene un hijo secreto. Los hijos secretos de uno siempre son causa de controversia. Uno puede tener muchos secretos, como por ejemplo: tener un forúnculo purulento en el culo, un peluquero con falta de inspiración como le pasa al Líder Supremo de Corea del Norte, rezarle a Belcebú para que a tu suegra le de un mal aire y no se vaya contigo de vacaciones, disponer de una cuenta en Suiza con billetes de quinientos echando peste, disfrutar de una secretaria cariñosa y entrada en carnes, guardar bajo el colchón una revista porno pringosa, disponer de un carnet VIP de una sala de masajes, todo eso pase…pero tener un hijo secreto: ¡eso ya no! ¡Habrase visto! Eso es pasarse de castaño oscuro. Más que por el padre semental y prófugo, por la madre sufridora y por el propio hijo bastardo; que lo de llamarlo bastardo ya tiene su mala leche. ¿O no?
La cuestión es que, no sé si por ese hecho o por que la última novela de Amélie Nothomb, después de tanto esperarla, me ha defraudado un poco, yo andaba más triste que un vegano en McDonald…
Pero ahora ya no. Tras lo de Julio Iglesias y, sobre todo, después de visualizar unas fotos en bañador que han publicado por ahí del hijo de Isabel Pantoja, me he venido arriba y se han esfumado todos mis complejos. Ahora me siento capaz de afrontar el resto del verano con más valentía que los corredores de San Fermín. 
Por cierto, no sé si se habrán dado cuenta, pero ya estamos en San Fermín. ¡Viva San Fermín! ¡Gora!
¡Qué corra la sangre! ¡Qué corra!...


sábado, 1 de julio de 2017

De legionario a santón


Jerónimo Amigo era un tipo peculiar. Pese a su apellido, desde preescolar no se le conocía amigo alguno. Era un tipo huraño, de aspecto enfermizo y más feo que pegarle a un padre. En la mili lo destinaron a regulares y, para darle alguna utilidad inherente a su aspecto físico, le encargaron la muy loable tarea de cuidar a la cabra. La muerte repentina de la cabra lo llevó a enfrentarse a una especie de consejo de guerra que lo condenó a fregar letrinas de por vida desde que sonara el "Quinto levanta tira de la manta" hasta el toque de retreta, que por cierto, a él siempre le pillaba en el retrete. 
Evidentemente, por estos motivos y por otros más inconfesables, Jerónimo Amigo se dio de baja del glorioso Ejército Español, para irse a una comunidad hippie de las Alpujarras granadinas de la que había tenido noticias escuchando Radio Nacional. 
El gurú de la comunidad, a los días de su llegada, y tras de mirarlo fijamente a la cara un par de veces, lo asignó al cuidado de las cabras, con cuya leche fabricaban un queso artesano con el que mantenían aquella comunidad en la que el sexo libre, entre otras filosofías más complejas e inexplicables, marcaban la identidad y el devenir diario de sus seguidores. 
La cuestión fue que el sexo, al fin y al cabo, no era allí tan libre como se pregonaba ya que Jerónimo Amigo no se comió un colín durante los tres meses que aguantó en aquella sierra cuidando de las cabras y haciendo queso. 
Asqueado de su desdicha, metió unas cuantas cosas en un zurrón, se apropió de un macho y varias cabras de las que más leche daban, se puso una zamarra de piel de cabra y un taparrabos que él mismo se había confeccionado como vestimenta, y con nocturnidad y alevosía se marchó a fundar la comunidad de adoradores del macho alfa junto a una sueca miope que había perdido sus gafas y no tenía dinero para comprarse otras.
En la actualidad, la comunidad creada por Jerónimo supone un modelo de desarrollo sostenible vanagloriado en toda Escandinavia, y es la envidia de toda la Alpujarra debido a las trescientas suecas miopes que le acompañan.
Según una reportera noruega que recientemente visitó la comunidad para realizar un extenso reportaje para un revista de vida alternativa, el gurú se exhibe todo el día sentado en un trono realizado con maderas de la zona, viste un taparrabos de piel de cabra, y sobre su cabeza luce un chapiri de cabo primero de la legión. 
Dicen en su pueblo que Jerónimo Amigo continúa, a día de hoy, sin tener un sólo amigo, y muchos son los que opinan que ni falta que le hace.

miércoles, 28 de junio de 2017

Medio siglo de ideas


Me ocurre últimamente con demasiada frecuencia y esto me preocupa. Les pongo en antecedentes. Estoy leyendo, cocinando, caminando, o simplemente haciendo nada, cuando de pronto, en mi mente se forja una idea extraordinaria. Hasta ahí todo bien. Entonces, inquieto por la magnitud de la inspiración divina que acaba de surgir dentro de mi cabeza, intento abandonar lo que estoy haciendo para, sin demora, ir a depositar sobre el papel, o la pantalla, tan colosal alumbramiento. Y es ahí, en ese lapso de tiempo, entre que concibo la idea y la intento plasmar, cuando surge el problema que les quiero contar a modo, claro está, de confidencia: cada vez son más las veces en las que llego tarde y la idea se difumina en mi mente sin que pueda quedar registrada de ningún modo; sin poder hacerse materia, letras, números, signos, esquemas, o meros dibujos. El problema, y no pequeño, que me acontece, es que muchas de esas ideas se me olvidan por completo.
Temo que mi creatividad se haya visto afectada por alguna especie de incontinencia de origen vírico. Los esfínteres de mi cerebro se ven ahora incapaces de retener el milagroso flujo con el que siempre me han bendecido las ideas, y estás, incontroladas, se desbordan y desaparecen en el abismo de la nada en menos de un abrir y cerrar de ojos.
Y esta situación me hace dudar. Dudo incluso sobre si la idea se había madurado lo suficiente, o simplemente era el resquicio de una idea a medio formar, o era tan sólo una mierda como un piano de cola.
Antes las ideas me venían servidas en bandeja de plata, y ahora, desconozco el motivo, ya no es lo mismo. Para bien, o para mal, el medio siglo que arrastran mis costillas no es moco de pavo.

viernes, 23 de junio de 2017

El sombrero de mi abuelo


Lo reconozco: aquella tarde hacía un calor horrible. Hasta el punto de que no sería nada aconsejable salir a caminar, pero yo salí. Salí con ganas de ir consolidando el hábito de salir. Urgía para mi subsistencia no quedarme absorto tanto tiempo tras la pantalla del ordenador. Enfrentarme con valentía al pernicioso sedentarismo, que tanto me estaba perjudicando, era mi única salida. Por eso, pese a lo adverso de la climatología, decidí ponerme en marcha.
El camino estaba reseco, polvoriento, como desértico. La maleza amarilleaba el paisaje otorgándole un colorido aún más inhóspito y deshumanizado. Mi voluntad, sin embargo, se mantenía firme. Mis pasos avanzaban a un ritmo medianamente aceptable. No me importaba tanto el reto atlético como la lucha que se libraba en mi interior. Esa lucha se había convertido en la más importante de mis luchas. Mi nuevo yo, que acababa de nacer, frente a mi yo caducado que se negaba a abandonarme. Mi enfermedad frente a mi salud. Paso a paso, metro a metro, minuto a minuto, bajo un sol injusto al que, contradictoriamente, solemos llamar de justicia. 
Las moscas tampoco mostraban ninguna benevolencia conmigo. Normal, si ni tan siquiera yo había sido capaz de mostrar justicia conmigo como lo iban a ser esos bichos chupamierdas tan asquerosos. Me perseguían con la perseverancia de un cobrador profesional ávido de comisiones. Mientras intentaba quitármelas de encima como podía, vi como una tierna mariposa era engullida, en pleno vuelo, por una romántica golondrina, hecho este que no le restó un ápice de ternura a la improvisada merienda del ave migrante.
El objetivo estaba ante mi vista. Media hora de ida, hasta esa casa roja que siempre estaba cerrada, y media hora para el regreso, era la dinámica redentora que me había planificado para esa tarde. 
Al llegar a la casa, me agaché para atarme una de mis cordoneras. En ese preciso momento fue cuando me percaté de que la puerta de la casa estaba literalmente reventada. La curiosidad del niño que todos llevamos dentro hizo que me asomara al interior de aquella casa que durante tantos años había servido como decorado y como referencia a mis bucólicos paseos.
La casa estaba vacía, con la salvedad de que en una de sus más grandes dependencias, que en su momento habría sido el salón de la vivienda, había volcado un gran baúl. A su alrededor, lucían desperdigadas numerosas prendas, revistas y algún que otro libro de texto que perteneció, según pude leer, a Juanito Peñalver, un niño que, de seguir vivo, ya no sería tan niño.
Sin embargo, mi atención se centró en una vieja guía telefónica. Compañía Telefónica Nacional. Murcia, 1961. Por esas fechas, yo aún no había nacido. La guía se encontraba tan amarilla y descolorida como el paisaje por el que acababa de transitar. Entonces, mientras ojeaba ese desfasado listado me dio por buscar el nombre de mi abuelo: Antonio Fernández Carrión. Por suerte, la parte de la guía que incluía a los apellidos que empezaban por la letra efe se encontraba aún bastante legible, ya que muchas otras, anteriores y posteriores, estaban roídas por las polillas u otros insectos aficionados al papel aderezado con tinta de imprenta.
Comencé a buscar. Me sorprendió gratamente ver a tantos Fernández juntos. Inocentemente, me sentí importante al ver que había más Fernández que Peréz o Gutiérrez. Pensé qué, tal vez, algunos de esos Fernández podrían ser familiares míos. En el listín, primero figuraba el primer apellido, posteriormente el segundo, y después el nombre de pila. Tras esa primera información, aparecía la dirección en la que se encontraba el teléfono. Eso me hizo recordar el nombre de la calle en la que se había criado mi padre: calle Madrid, y, al mismo tiempo, hizo que me diera cuenta de que desconocía el número en el que se ubicaba la vivienda.
Según avanzaba, deslizando mi dedo índice sobre el listado de los Fernández, mi nerviosismo fue en aumento. Me embargaba una sensación extraña, como si me encontrase a punto de realizar un hallazgo capaz de cambiar mi destino. Como si el hecho de tropezarme con el nombre de mi abuelo en ese listín olvidado y polvoriento pudiera ejercer en mí algún efecto milagroso que me ayudara a recobrar mi deteriorada salud. Tal vez esa casa roja, en la que tanto había reparado mi mirada en las últimas décadas, guardara en su interior algún mensaje secreto para mí. 
Cuando leí los dos apellidos de mi abuelo, junto a su nombre, sentí un tremendo escalofrío. Mis vellos se pusieron como escarpias, las manos comenzaron a sudarme y mi boca se quedó más seca que un esparto en pleno agosto. Cuando conseguí reponerme de tan inaudita sensación, proseguí con la escueta lectura que me atenazaba: calle Madrid, 2. No había duda, estaba ante los datos telefónicos de mi abuelo Antonio. Sé que es absurdo, pero sentí algo especial, fue como si, en ese preciso momento, mi abuelo Antonio y yo hubiésemos vuelto a contactar después de más de cuarenta y cinco años. Vinieron a mi mente momentos que, con toda seguridad, recuerdo más gracias a las fotografías que a la capacidad de mi propia memoria. En una de ellas, aparece mi abuelo Antonio, con un sombrero muy elegante, llevándome de la mano al colegio Andrés Baquero. Lo que más me gusta de esa fotografía es la sonrisa congelada de mi abuelo. Bueno, no sólo la sonrisa, más bien toda la expresión facial de felicidad y ternura que captó la cámara para la eternidad. Para mí, el abuelo Antonio siempre fue esa mirada, esa mano arrugada, esa mueca congelada de ternura bajo la sombra que proyectaba un sombrero al más puro estilo de las películas americanas en blanco y negro que marcó toda una época.
Y por último un número. Un número que no se diferenciaba mucho de los números telefónicos de los actuales teléfonos fijos. Lo leí varias veces como si me sonara de algo. El ocho se repetía en varias ocasiones. También el dos. Sin pensarlo dos veces, agarré mi teléfono móvil de última generación y marqué, sin saber muy bien para qué, aquel número. Sabía, perfectamente, que esa llamada en el tiempo era misión imposible; una especie de homenaje al humor absurdo o, tal vez, un primer síntoma de confusión ante una más que inminente insolación que me acuciaba.
Marqué, como les digo, y el teléfono sonó. Sonó, como diría Joaquín Sabina, como un signo de interrogación. Sonó como deben sonar los gritos de los inmigrantes minutos antes de ser tragados por el Mediterráneo y perderse en la negrura de las profundidades. Sonó hasta que se desvió la llamada a una máquina y una voz femenina en conserva dijo que el número que estaba marcando no pertenecía a ningún abonado. Evidentemente, mi abuelo Antonio ya no estaba abonado. Él hacia mucho tiempo que había dejado de ser abonado para ser abono. O, tal vez, ni eso.