lunes, 11 de diciembre de 2017

Magdalenas sin para seguir con


Dicen que a todos los tontos les da por algo. Tal vez por eso, por mi consabida tontuna, a mí me ha dado por hacer magdalenas sin azúcar, sin lácteos, y sin grasas de ningún tipo. Magdalenas sanas para no morirse nunca, o, al menos, para no morirse de comer magdalenas. 
En el libro que estoy leyendo: "El hombre de las marionetas" del escritor noruego Jostein Gaarder, un señor, que está peor que yo, le da por ir a todos los entierros, con independencia de que conozca al finado o no, y, de ese modo, entrometerse en una historia  ajena como haría un elefante en una cacharrería. 
A mí hija Ana María, tras pasar por una amplia y generosa fase lunar, ahora le vuelven loca los cuentos que tienen a un lobo como protagonista: Los tres cerditos, Caperucita roja, todos esos. Antes la luna, y ahora el lobo, representan, para ella y para nosotros, esa parte fantástica de nuestra existencia. Una existencia en la que a todos, antes o después, nos da por algo.
A mí me ha dado por hacer magdalenas, sin, para poder seguir, con. 
¿Ustedes gustan?

Necesitarán:

Un sobre de levadura ecológica.
Un huevo de las gallinas felices de Jessica.
Un chorrito de leche de avena ecológica.
Un puñado de harina de avena integral ecológica.
Un puñado de copos de quinoa real ecológicos.
Dos cucharadas de miel artesana de Barranda. (Caravaca de la Cruz)
Un boniato ecológico asado.
Una zanahoria ecológica pequeña.
El zumo de media mandarina ecológica.
Un puñado de arándanos secos ecológicos.

Le daremos a todo eso un enérgico meneo con la batidora y lo dejaremos reposar un buen ratito. Después de pasado ese tiempo indefinido... verteremos todo en unos moldes de papel o silicona -yo uso estos últimos-, le daremos 12 minutos de horno a 190 grados. Y a disfrutar se ha dicho. Ya me dirán qué tal de su aventura sin...

Postdata: nunca mido nada....lo siento. Soy un desastre para dar recetas.




viernes, 8 de diciembre de 2017

Mickey death



El pintor mexicano Leobardo Huerta me confesó, hace tan sólo un par de meses en Ciudad de México, que Mickey Mouse, el ratón comequeso más famoso del mundo, había muerto. La verdad sea dicha, tremenda confesión me dejó aturdido; tan aturdido como cuando me pillé la pilila con la cremallera cuando tenía ocho años. 
Ahora, mi sorpresa ha sido mayúscula al descubrir que, en una remota y húmeda plaza belga, los independentistas catalanes han resucitado a Franco. 
Claro, así, dicho del tirón, pudiera parecer que les hablo de dos cosas inconexas, pero para eso estoy yo aquí, para desvelarles las secretas conexiones que acercan a este mundo y al otro. El mundo terrenal con el inframundo. La vida con la muerte. Sobre eso, debo de reconocer que el artista mexicano sabía mucho más que yo. Bueno, de eso y de casi todo, pero a lo que iba, esa es la analogía tan rocambolesca que les intento meter con calzador, y que, si me aguantan ustedes un par de párrafos más, les pienso colocar sin contemplaciones.
Vivir y morir, descansar hasta el fin de los tiempos, o resucitar de un salto como si les hubiese tocado el gordo de la lotería, lectores y lectoras de medio mundo que me agasajan con sus parabienes, les vengo a decir, aunque no se lo crean, que es la misma cosa. 
Usted, sí usted, que me lee en pijama desde Bogotá, o desde Ushuaia contemplado los pingüinos, o en el Cabezo de Torres oliendo a azahar , por poner tres ejemplos, —como bien les podría haber puesto otros cientos de miles, pero para no aburrir les he resumido la letanía— podría estar más muerto que vivo, o más vivo que muerto, y nadie se enteraría. 
Hay demasiada gente muerta en vida que ni tan siquiera ellos mismos saben que lo están. Yo, o usted que me lee ojiplático —y no es para menos—podríamos estar muertos, o ser independentistas, o estar en Ciudad de México pintando en el Día de Muertos, o en Bélgica resucitando a Franco. 
Vivos, bien vivos, o muertos, bien muertos, todos a una como en Fuenteovejuna. 
Lo importante es estar. ¿O será más importante ser? 
Madre del amor hermoso: ¡con William Shakespeare hemos topado! ¿Será por lo del Brexit?
Ven, lectores incrédulos de medio mundo, el arte es capaz de realizar las más insólitas defunciones tanto como las más inesperadas resurrecciones. 
¿A qué no esperaban tanta plástica inmersa entre la cosa política?  Sólo vemos lo que queremos ver…
Pues eso: Mickey Mouse ha muerto. R.I.P.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Afeitado


Me acaricio la cara y no tengo pelos. Seguro que me afeité anoche y ya ni lo recuerdo. Fuera como fuere, no tengo pelo. Cuando no llevo barba de varios días siento mi jeta como el culo de un bebé. Me encantan los bebés —sobre todo cuando no lloran—, y aún me gustan más cuando están dormidos a pata suelta.
En realidad, me estoy dando cuenta, acariciando mi cara imberbe y escribiendo estas líneas sin ningún sentido, que lo que a mí realmente me gusta es la calma. Estar tranquilo y relajado para poder disfrutar de un buen libro, y de una buena música de jazz oliendo a incienso, y degustando un buen café de Chiapas, o de Guatemala, o de la mismísima Nicaragua. De Centroamérica, pero que sea café de la variedad caracol, o caracolillo, como conocemos por aquí a esa variedad de grano pequeño y sabor intenso.
Y ahora que les hablo de caracoles —cuando lo que pretendía era gritar a los cuatro vientos que por fin me he afeitado—, les diré que, esta semana pasada, en un programa de radio, escuché que existen caracoles zurdos. ¿Caracoles zurdos? —se habrán preguntado con asombro tal y como yo hice. Pues sí, han leído bien, existen los caracoles zurdos. Según entendí —no me hagan mucho caso porque yo, en realidad, lo único que pretendía era publicitar, a bombo y platillo, lo de mi rasurado—, los caracoles cargan su concha en el lado derecho de su anatomía, aunque, al parecer, por los caprichos de la genética, o de la biología, o de ambas cosas, o quién sabe si por los arbitrarios designios de alguna otra disciplina que yo ignoro, uno de cada millón de caracoles nace con su concha hacia el lado izquierdo, o sea: zurdos.
Mientras acaricio mi carita imberbe, como el culito de un bebé, juro que cuando llueva -algún día ha de llover- pienso salir a coger caracoles para buscar mi caracol zurdo, como los que se echan a los montes, o a los jardines, o adónde quiera que se echen —si es que se echan— a buscar su trébol de cuatro hojas.
Con caracol zurdo, o sin él. Con bebé llorón, o sin llorar. Con café de Chiapas, o de Colombia. Perdón, ya sé, Colombia no es de Centroamérica, pero su café tampoco es moco de pavo. Con música de jazz, o escuchando la prodigiosa guitarra del maestro universal Narciso Yepes, sepan ustedes que me he afeitado para ir guapo en el avión de Iberia al que me he subido con la muy loable intención de escribirles desde lo más alto.
Y es que con lo que ahorro en cuchillas, en jabón, y en loción, me da para viajar y para otro montón de cosas  que otro día que, como hoy, me de por afeitarme, amenazo con contarles. 
Ustedes, señoras y señores, ladies and gentleman, fieles y menos fieles seguidores de este su blog, se lo merecen todo. Así que, aquí me tienen, escribiéndoles bien afeitadito y oliendo a Varón Dandy. Faltaría más. Por mis lectores, ¡mato!.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Maldita apuesta


Reto. Tengo el vicio de retarme continuamente. Compito contra mí mismo en una especie de solitario sin cartas. El reto que me planteo, mientras vuelo desde Milán hacia Kutaisi, consiste literalmente en escribirles algo sin que me estalle la cabeza. Y digo que me estalle la cabeza no porque intuya la inminencia de un atentado integrista en este avión, a lo que me refiero es a la remota, y muy poco probable, posibilidad de que, de un momento a otro, me estalle la cabeza debido a lo mucho que me duele. Así que el reto que asumo con ustedes en tan precarias condiciones —pero ante todo conmigo mismo—, es el de escribirles un relato antes de que me estalle la cabeza y lo ponga todo perdido de masa encefálica. La masa encefálica no se llama así —al menos eso creo—, porque los hombres estemos todo el día hablando con nuestro falo, o sea, hablando en plata: de que los hombres nos pasemos el día hablando con nuestra polla en lugar de estar pendientes de otras tareas más productivas y menesterosas. (Al no estar en horario infantil, se habrán dado cuenta de que he usado la palabra “polla” de un modo peyorativo) 
De todas formas, sea cierto o no que mi cabeza tenga una remota posibilidad de estallar en pleno vuelo, como antaño sucedía con algunas prótesis mamarias; quiero intentar escribirles algo para no perder la apuesta que he hecho conmigo mismo.
¿Que en qué consiste la apuesta? Pues en eso, en escribirles sin que me estalle la cabeza y llene a todo el pasaje de sebo gris. El cerebro, por si no lo saben ustedes—aunque pienso que a estas alturas todo el mundo lo sabe—, está formado por una masa viscosa y grasienta de color grisáceo, atravesada por miles de pequeñas venas que transportan sangre y oxigeno para que las neuronas mantengan su funcionalidad. (Nota del autor: se dice que algunos hombres disponen de una única neurona alojada en su entrepierna, al parecer, ésta les demanda grandes cantidades de sangre y oxigeno lo que les deja el cerebro más hueco que el agujero de un donuts) 
Como les decía, vuelo sobre el Mar Negro, en dirección a Kutaisi, en un vuelo de Wizz, rodeado de gente a la que mi dolor de cabeza le importa tanto, o menos, que la independencia de Cataluña. Sin embargo, pese a la apatía de todo el pasaje, incluso frente a la apatía de toda la tripulación, pese a la apatía, más incluso aún, de toda Europa frente al esperpento político y social que hemos conocido y sufrido como el “procés”, juro y perjuro que a mí me duele mucho la cabeza, tanto es así que no sé qué les podría yo escribir a más de once mil pies de altura para no perder la susodicha apuesta. 
Temo, a estas alturas —nunca vino más propio lo de las “alturas”—, que mi cerebro, aprovechando la coyuntura, se pretenda independizar del resto de mi cuerpo, aunque ello le suponga una terrible asfixia por la irremediable pérdida de riego sanguíneo y de flujo de oxigeno que, de ipso facto, tal situación le supondría.
¿Ven? Esto es lo peligroso de volar de noche sobre el Mar Negro, que uno lo ve todo negro, y durante esa confusión se le puede venir a uno la negra encima. Y ya no sé qué más narices contarles para no perder la apuesta. Miren, hagamos un trato, o un teatro, como quieran llamarlo: mejor retiro la apuesta y aquí paz y después gloria. No fue una apuesta en firme, se lo juro por Snoopy; sólo les planteé un simulacro de apuesta. Qué otra cosa les podía escribir con este maldito dolor de cabeza que me lleva a maltraer. Para apuestas estaba yo…¡Vamos hombre! 

domingo, 26 de noviembre de 2017

Maleta a medio hacer


Les escribo a medias de todo. A medias de desayunar. A medias de hacer mi equipaje. A medias de leer un libro de Ray Loriga. A medias de escuchar un viejo bolero de los Panchos cantado por no sé quién. A medias de escribir este relato. A medias de curarme de mi enfermedad o quién sabe si de volver a enfermar. En el punto medio de todo y de nada. En ese punto indeterminado en el que uno no sabe si va hacia adelante o hacia atrás. Pero, no sin cierta incertidumbre, intuyo que estoy a medias.
El invierno está por entrar. Las lluvias están por venir. Mi nuevo libro ya huele a imprenta. En algún hangar, oscuro y húmedo, ya ajustan los tornillos de un viejo avión que mañana me llevará a Kutaisi. El Mar Negro me espera tan negro como siempre, o tal vez más negro que nunca. A medias de acabar con este año de medianías, ando enzarzado preparando el próximo. Las periodos no dejan de ser una eterna continuidad por mucho que los acotemos con todo tipo de calendarios. La vida es tan lineal y tan efímera como un disparo. Tras el estruendo, tan sólo queda tiempo para emitir un sutil y desgarrador suspiro. Vivimos la vida a medias condenados a muerte por un disparo a bocajarro, impredecible, y siempre a destiempo. 
Pretendemos controlar el tiempo y nuestro destino; craso error. Los humanos, entre nuestras atribuciones, no fuimos dotados para esos menesteres. Somos vulgares dioses a medio cocer. Barro blandengue con infames aspiraciones marmóreas. Polvo que se cree roca. 
Como dijo Platón: "El tiempo es la imagen de la eternidad en movimiento". Tal vez por eso, yo me muevo más que los precios.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La tanga desechable


No sé ustedes, pero yo, a largo de mi dilatada, y no menos ajetreada vida, me he tenido que embutir varias veces dentro de una tanga desechable. He dudado sobre si usar el masculino o el femenino para referirme a esa prenda tan intima, y al final he declinado el uso del masculino del mismo modo que la mayoría de los hombres declinamos usar la prenda. Pero claro, una cosa es la tanga normal, o erótico festiva, y otra bien distinta es esa horrenda y bochornosa de uso desechable.
Para su información, les diré que, bajo mi parecer, la tanga desechable es la prenda más patética del firmamento de la indumentaria. Es meterte esa cosa por las piernas -ruego no intenten ponérsela por ningún otro sitio- y se te queda una cara de gilipollas que no hay dios que te la quite. Es importante, muy importante, sumamente importante, que no se miren al espejo durante semejante trance ya que la imagen proyectada les podría ocasionar graves lesiones psicológicas que luego serían difíciles de acreditar ante el jurado forense que les tuviera que valorar en el hipotético caso en el que ustedes sopesaran la posibilidad de pedir una indemnización al fabricante. (Respiren por favor) De cualquier forma les aconsejaría que no lo intentaran ya que la mayoría son chinos y litigar contra una empresa china desde España es misión imposible.
Tengo constancia de que un señor que dirigía una sucursal bancaria -antes de la crisis crediticia que asoló el planeta- fue a un spa con una de sus amantes y al verse en el espejo con la tanga se arrojó por la ventana de un sexto piso y quedó en el suelo hecho un whopper sin queso poco hecho. Aún se estudia el caso, ya que algunos achacan el suicidio a la tanga desechable y otros a la repentina quiebra de Lehman Brothers.
Soy de los que opina que la tanga desechable debería estar prohibida por la Organización Mundial de la Salud. Para que lo entiendan: imagínense por un momento a Mariano Rajoy, o a Carles Puigdemont con semejante atuendo. O imagínense, para no ir más lejos, a este que les escribe luciendo uno de estos artefactos inventados por el primo hermano de Belcebú. 
Si la vida, ya de por sí, nos juega malas pasadas, lo peor de lo peor es verte en la tesitura de ponerte una tanga desechable. 
La masajista tailandesa que me asignaron, al ver cómo me desprendía del albornoz, ha renegado del ayurveda, ha salido en estampida del spa, y ha pedido asilo político en el restaurante chino de la esquina.
Y es que no es para menos…

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Tócala otra vez, Sam


Nos hemos dado treinta minutos para vernos de nuevo abajo. El hotel no es gran cosa pero tiene su aquel la decoración cinematográfica de la que hace gala. A mí me ha tocado una habitación ambientada en la película Casablanca, así que, por unos horas, me convertiré en una especie de aspirante a Humphrey Bogart a la valenciana, porque me ha faltado decirles que estoy en Valencia. Para ello, tal vez me vería obligado a romper el cristal que protege a una gabardina que luce a un lado de la cama, en un marco con fondo negro. La gabardina, de color caqui, valdría también para ambientar las habitaciones de Memorias de África, o la Momia, o alguna de esas por el estilo en las que el subconsciente nos aceptaría bien los colores ocres.
Hace algunos años que no visito Casablanca, y muchos más que no veo la película, pero de lo que estoy seguro es de que estoy en Valencia;  y a Valencia viajo con más asiduidad que a la ciudad marroquí. Valencia se baña en el Mediterráneo y Casablanca moja sus pies en el Atlántico. Valencia le reza a Cristo y Casablanca le reza a Alá. La paella es a Valencia, lo que el couscus es a Casablanca. En la Corniche de Casablanca —así de bonito le dicen al paseo marítimo— hay un famoso restaurante que regenta un valenciano. 
El mundo, pese a lo que cree mucha gente, es enormemente pequeño. De hecho, estoy por decirles que obviando a los dioses y a las banderas nos ahorraríamos muchos disgustos y lo pasaríamos de puta madre. 
Este murciano, medio mexicano que les escribe, está de anfitrión en Valencia de unos franceses muy majos, pernoctará esta noche en la habitación Casablanca soñando con su próximo viaje a Georgia y a Polonia.
No sé si algún huésped habrá intentado llevarse la gabardina o no, pero yo no siento aún ese arrebatador impulso cleptómano que siente mucha gente en las habitaciones de los hoteles y que les lleva a expoliarlo todo.  Casablanca me ha traído muy buenos recuerdos. De hecho, en mi memoria es lo único que guardo. Los malos recuerdos los arrojo a la trituradora del olvido.
Suena el teléfono. Debe haber pasado la media hora. Siento como si me dijeran: tócala otra vez, Pepe. Tócala otra vez.
Y bajando las escaleras, porque mi cuarto está situado en la primera planta, me doy cuenta de que, a cada rato, media hora arriba o media hora abajo, todo vuelve a empezar.
Tócala otra vez, Pepe. Tócala otra vez…—me parece escuchar de nuevo.
De fondo, acaricia mis oídos la música que emana del piano de la vida.