sábado, 13 de enero de 2018

Collage Moon



Para esta ocasión he preferido cambiar el relato por un collage. Hace tiempo que no hacia ninguno y ya iba siendo hora. Así que, esta tarde, agarré las tijeras y el pegamento y delante de ustedes tienen el resultado.
Hasta en la luna se han indignado con este mequetrefe. Y no es para menos. No entiendo como pueden haber presidentes de tan escaso calado intelectual y sin el más mínimo respeto a las personas.
Patético.

jueves, 11 de enero de 2018

El guardián de Los Polvorines de Monteagudo


Las bolsas que había traído en los bolsillos de mi pantalón se habían quedado cortas. En aquel rincón de unos viejos polvorines, ahora convertido en un parque periurbano de propiedad municipal, había más basura acumulada de lo que creía. Sobre todo botes de refrescos, de cervezas, y de botellas de agua de todos los tamaños y marcas. Por lo visto, a la gente le gusta mucho más abusar de la naturaleza que cuidarla. 
Era temprano. El ambiente estaba un poco más húmedo de lo habitual porque había caído una ligera llovizna que apenas si había servido para remojar un poco el monte. De tan poco que había llovido, ni los caracoles se habían molestado en salir. Tan sólo unas cuantas urracas revoloteaban a mi alrededor, y dos o tres ardillas habían saltado, entre las ramas de los pinos, en busca de alguna piña que llevarse a la boca. Una suave neblina, medio difuminada, brindaba al paraje un toque cinematográfico ideal para grabar una película de misterio. Un misterio propiciado por la soledad de un parque habitualmente inundando de gente haciendo barbacoas, o pegando patadas a un balón, y en el que, en ese momento, imperaba un silencio sepulcral.
—¿Por qué está recogiendo toda esa porquería? —me preguntó un señor que estaba a escasos metros de mí y al que no había escuchado acercarse. 
—Pues…¿qué le puedo decir? la recojo porque otros la han tirado. La gente no tiene respeto por nada. Piensan que todo les pertenece, y que no hay normas. Se creen con derecho a destrozarlo todo. Claro que, así nos va —le expliqué a aquel señor cuya aspecto e indumentaria me recordaban a otra época.
—¿Usted adónde vive? —me interrogó el anciano.
—Ahí al lado, en la urbanización —le respondí señalando con el dedo.
—¿En la de los ricos? —me preguntó.
—No sé si todos serán ricos. Desde luego yo no lo soy —le aclaré al señor.
—Los ricos no recogen basura —exclamó.
—Debo ser un rico díscolo. Por cierto, ya que me pregunta usted tanto: ¿dónde vive usted?
—En ningún sitio —me respondió con una sobriedad pasmosa.
Y fue al decir eso cuando me di cuenta de que su boca no exhalaba el mismo vaho que la mía. Y fue en ese momento, también, cuando me fijé en el color grisáceo de su piel y de la ausencia de brillo en sus ojos. Y fue en ese preciso instante en el que sentí un escalofrío tan intenso que las bolsas de basura que cargaba se me cayeran de las manos sin poder evitarlo.
Intentando reponerme al susto, y a mis conjeturas, le volvía a preguntar:
—¿Cómo qué en ningún sitio? ¿Eso qué significa?
—No, ya le he dicho que no vivo en ningún sitio. Yo vivía aquí. Era el guardián de los polvorines hasta que todo estalló por los aires. Era un pobre infeliz, rodeado de gente demasiado avariciosa. Volaron el polvorín, después de haberse quedado con la nómina de todos los mineros, haber mal vendido gran parte de la pólvora a unos bandoleros, y no les importó en absoluto que mi mujer, mis dos hijos y yo viviéramos en la propiedad. Le pegaron fuego y san se acabó. ¡Pum! Todo saltó por los aires.
—¡Oiga, oiga! ¿Está usted bien? —me preguntó un joven subido a una bicicleta de montaña.
Miré a mi alrededor y no había nadie más, tan sólo otro par de ciclistas que, al parecer, iban rezagados acompañando al que me hablaba mirándome con asombro. 
—Sí, sí. No hay problema. Mientras limpio el monte, recito en voz alta relatos que grabo en mi teléfono móvil. ¿Ve? Aquí lo llevo en el bolsillo —le dije mostrándole mi teléfono.
El tipo me miró raro. Como si algo no le encajara. Esperó a que sus compañeros llegaran a su altura, tal vez para sentirse más protegido, y me dijo poniendo cara de tipo duro de película de serie B: pues, compañero, hágaselo mirar. 
Sin duda, aquel ciclista era un tipo moderno. 
Me quedé perplejo mirando como se alejaban los tres domingueros de libro. Perfectos en su indumentaria. En su tecnología. En su estética. En su lenguaje. En su comportamiento. Clones de una absurda modernidad.
El último, el más rezagado de ellos, lanzó un bote de una famosa bebida isotónica al viento, como si fuera el regalo de un Dios todopoderoso a unos simples mortales. 
Los tres ciclistas debían ser vecinos de mi urbanización pues para allá se encaminaron. Cargado con mis bolsas de basura, me agaché para recoger el bote del maleducado de mi vecino, y fue cuando de nuevo escuché esa profunda e inconfundible voz. 
—No recoja la mierda de los demás. Les da absolutamente igual…—me dijo aquel espectro con forma humana.
—Puede que a ellos les de igual, caballero, pero a mí no —le respondí.
Y, diciendo esto, regresé a mi casa sin atreverme a volver la cabeza hacia atrás. Aún no sé si, algún día, regresaré a Los Polvorines.

miércoles, 10 de enero de 2018

Haciendo cola para soñar


Por fin ha salido a la luz mi tercer libro. Un libro escrito con el corazón y con las tripas. Un libro de sueños y de esfuerzos, de luchas, de batallas, de experiencias, de reflexiones, de vida y, sobre todo, de esperanza.
"Haciendo cola para soñar", "Momentos de ida y vuelta", y "Vidas Ordinarias" son los tres libros que he publicado hasta la fecha. Tres libros que han nacido con las mismas pretensiones: trasmitir valores, sentimientos, y humanidad. Los tres son recopilaciones de relatos seleccionados. Relatos, algunos de ellos, autobiográficos, otros que podrían considerarse auténticos apuntes del natural, y otros que son fruto de mi desaforada imaginación. 
De cualquier manera, estos relatos forman parte de mí; persiguen una finalidad, esconden un mensaje entre líneas, juegan al despiste con el lector, usando y abusando de un formato que siempre hace gala de una sencilla complejidad.
"Haciendo cola para soñar" está prologado por mi amigo y traductor el polaco Artur Szustka, personaje de peso en varios de los relatos, y la portada es fruto de la pintora kazaja, de origen Uigur, Munisa Gulieva. 
Los relatos han sido escritos, muchos de ellos, en hoteles, en aviones, en trenes, o hasta en barcos. Vendiendo tintes en China, champús en Cuba, mascarillas en México, lacas en Francia, decolorantes en Suecia, desrizantes en Bielorrusia, cremas faciales en Bosnia, barras de labios en Serbia, esmaltes de uñas en Ucrania, o acondicionadores en Kazajistán. Y, evidentemente, publicados en Murcia, en este blog, que no es otra cosa que el muro de mis lamentaciones.
Hoy, en Facebook, mis amigos y conocidos, le han brindado a mi obra una fenomenal y afectuosa acogida. El éxito, por tanto, está asegurado. Con lo que gane de sus ventas pienso comprarme una isla en el Mar Egeo e invitaros a todos. 
Ya me diréis qué os parece. El libro, no la isla, claro...


https://www.bubok.es/libro/amp/254388/HACIENDO-COLA-PARA-SONAR




domingo, 7 de enero de 2018

Soledad quijotesca


Camino. He salido a caminar. ¿El cielo? El cielo azul muy claro. ¿Las nubes? Las nubes blancas, como de algodón, salpicadas de algún retazo de color rosa. He visto gente que saca a pasear al perro y perros que sacan a pasear a gente. Camino. Camino buscando el camino. Camino para arrancar un año. Un año complejo. Un año al que habrá que darle duro para enderezarlo. Parece que nació medio torcido, casi encorvado, como la espalda de un anciano. Pero no hay de otra, hay que levantar ese ánimo, esa espalda, afrontar ese destino incierto que siempre nos acecha. Hay que erguirse y encontrar el rumbo que se necesita. Y sigo avanzando, en este caminar insaciable, en este caminar desesperado, en este caminar en el que por la espalda, podríamos decir por mi nuca, soplan vientos desfavorables. Camino. Camino mientras la luz comienza a atenuarse. En lo alto, en aquella loma, en una loma lejana, casi en la línea del horizonte, se divisa, resplandeciente por los últimos rayos de sol, una pequeña ermita. Un ermita que simboliza, quizás, esa soledad; esa soledad quijotesca que me acompaña. Esa soledad infinita que, desde que nacemos, y por mucha gente que tengamos a nuestro alrededor, nunca nos abandona.

viernes, 5 de enero de 2018

Postverdad


Soy un tipo tan extraño que busca su norte escuchando a los Bee Gees. Extraño y antiguo, se podría decir. Pero, qué puedo hacer si los Bee Gees me conectan con mi yo más poderoso y sentimental. Esta alocada asociación, permítanme ustedes, entre sentimientos y poder, tiene su misterioso nexo de unión en mi adolescencia. Les diré que mi adolescencia fue una etapa en la que el vigor y la fuerza en mí no encontraban límites. Jugaba al fútbol, corría en todas la carreras habidas y por haber -la mayoría las ganaba-, me enamoraba cada dos por tres, editaba el Pepon´s Club, organizaba las fiestas del barrio, tenía toda mi casa llena de acuarios, y , a la temprana edad de los catorce años, comencé a trabajar en el Bar Josepe, en el que puse una media de 200 carajillos diarios durante doce años.
Por cierto, tras un montón de tiempo sin acercarme por allí, hoy me tomé un café en el Bar Josepe y me resultó mucho más pequeño de lo que yo lo recordaba. Eso me ha hecho recapacitar y pensar que tal vez yo no hiciera tantas cosas, ni ganara tantas carreras, ni pusiera tantos carajillos, ni me enamorara tantas veces. 
Idealizamos el pasado como un espacio conquistado. Un espacio dúctil y maleable. Como la ahora tan famosa y archiconocida postverdad. 
¿O la postverdad será otra cosa? Pues, vete tú a saber...

miércoles, 3 de enero de 2018

El Cristo, Chopin y las croquetas de mi madre


Por prescripción facultativa de mi amigo el pintor Carlos Pardo, les escribo esta noche escuchando el Nocturno en si bemol menor Op 9 Nº1, del polaco universal Frédéric Chopin. Les diré que, al escuchar la pieza tocada por el maestro Claudio Arrau, su efecto balsámico ha sido instantáneo y me he sentido resucitar. Yo de música ando bastante flojo, aunque, según Carlos, -creo que lo dice para animarme- tengo buen oído. Yo le he dicho que más que oído lo mío es oreja, pura oreja. Mis pabellones auditivos tan sólo son superados por los de Dumbo y por los del Príncipe Carlos de Inglaterra. 
Del polaco me vienen a la memoria su casa de Mallorca y el increíble jardín que lleva su nombre en Varsovia. La visita a su casa de Mallorca coincidió con mi coronación como campeón mundial de hacer tortillas francesas a pata coja; título que gané, de manera arrolladora, en una discoteca para adolescentes con granos en la que daban asilo y refugio a todos los viajes de estudios de E.G.B que llegaban, por aquellas fechas, desde la península. Del jardín de Varsovia que lleva su nombre, tan sólo les diré que es uno de esos jardines en los que no le importaría a uno quedarse a vivir. 
Bueno, a uno, o a varios. O miles. El jardín es tan grande que, de vez en cuando, hay gente que se pierde en él y tienen que mandar al ejército a buscarlos.
Yo ando perdido en mi jardín y por eso mi amigo Carlos me ha querido entretener hablándome del ilustre polaco, de la música en general, y de la luz que imprime a sus cuadros.
Le he comentado a Carlos que se me da bastante mejor hacer croquetas que escuchar música. En el Bar Josepe, a las croquetas de merluza, que hacía mi madre, las llamábamos coloquialmente "sobaqueras". Mejor, no me pregunten por qué.
Al final, Carlos y yo, por Messenger, hemos hablado de todo un poco: pintura, música, literatura, antropología, y hasta de coros y danzas.
Entre ustedes y yo, mi amigo Carlos está pintando un Cristo yacente que, como dirían los flamencos, quita el sentío. 
Amigos que tiene uno...


sábado, 30 de diciembre de 2017

El Día de la Bestia


En la habitación contigua, ya dormía su hija. Todo el mundo se había marchado con prisas después de una copiosa y tediosa cena de Nochebuena. La casa había adquirido una extraña calma. Cenar por cenar. Reunirse por reunirse. Regalar por regalar -refunfuñaba ella mientras recogía melancólicamente los trastos. Cuando terminó de ordenar el salón se dirigió, como hipnotizada, hacia la habitación en la que guardaba toda su alquimia. Colocó varias cabezas de ajos sobre un pequeño altar lleno de imágenes de santos y vírgenes. Encendió varias velas y una varita de incienso que colocó cerca de un San Antonio de madera traído de una derruida misión dominica de Chiapas. Calentó un poco de aceite de romero, con una pizca de aceite de aguacate, y otro tantito de manteca de Karité. A ese cóctel de aceites tibios añadió medio kilo de sal de Guerrero Negro, unas gotitas de aceite esencial de lavanda traída, según decían, de la Provenza francesa, y unas gotas de agua bendita de la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Tras batirlo todo, espolvoreó sobre el preparado el contenido de un viejo sobrecito de papel que guardaba en su interior un ingrediente secreto que le había regalado una anciana indígena de la Sierra Madre. Una señora que, de tan vieja, hacía años que no salía de una paupérrima casucha de adobe, en la que aún seguía recibiendo a gentes venidas de todo México, e inclusive de los Estados Unidos, para someterse a las magníficas sanaciones que le habían dado  tanta fama. 
Cuando hubo terminado de preparar aquella pócima secreta se desnudó. Rezó algo en un idioma que ni ella misma conocía, y comenzó a aplicarse aquel mejunje por todo su cuerpo. Al llegar a la vagina, tal y como le recomendó la anciana, metió varias veces sus dedos bien impregnados en aquella pócima. Una pócima más de las muchas recetas milagrosas que le habían aconsejado en los últimos tiempos y que de tan poco le habían servido.
Después, siguiendo el ritual, se arrojó bocabajo sobre el suelo, puso los brazos en cruz y volvió a recitar la misma oración durante varias veces.
Tras escucharse un gran estruendo, las velas se apagaron de golpe, como si un extraño viento hubiese entrado por toda la casa. Un olor fétido inundó la habitación y ella, nuevamente sin poder evitarlo, abrió sus piernas aún a sabiendas de lo que aquella cosa tan abominable, que siempre la visitaba esa misma noche desde hacía ya tantos años, estaba a punto de hacer.
Embargada por un éxtasis frente al que no podía rebelarse, aquel cuerpo ardiente se subió sobre ella y la penetró por detrás con la fuerza de un Titán, dando alaridos espeluznantes que, en aquella ocasión, le resultaron más diabólicos y sobrehumanos que en veces anteriores. Gritos y alaridos que tan sólo ella percibía. Nunca sabía Eva, en realidad, cuánto duraba aquella posesión diabólica. Nunca llegó a saber, a ciencia cierta, cuál había sido el motivo para que aquel hijo del infierno se hubiera encaprichado de ella. Nadie lo sabía. Ni la bruja de la Sierra Madre, ni los chamanes de Catemaco, ni varios curas a los que había visitado a lo largo y ancho de toda la República y que en nada parecía que le hubiesen ayudado.
En los últimos diez años, tantos como tenía su hija Miriam, había cambiado numerosas veces de domicilio. Había recorrido desde Puebla, hasta Chiapas, pasando por Yucatán; más tarde quiso probar suerte por el norte y se instaló en Culiacán, después huyó a Monterrey, y de ahí a Tijuana. Mas todo fue en balde. El día de nochebuena era, para ella, desde hacía más de una década, el día de la Bestia. 
Por fortuna, como solía ocurrir, su hija no se despertó.
Ahora tan sólo le quedaba esperar un año más. Según la bruja oaxaqueña, ese demonio ya no volvería nunca más a molestarle. 
Eva, como en tantas y tantas ocasiones, no albergaba ninguna esperanza de que se obrara el milagro.